Venezia... ahora parece que fue todo soñado
Esta entrada del blog es más para mí misma que otra cosa. Para tener un recuerdo de mi viaje que pueda leer y así volver a sentir, si no todo, gran parte de lo que viví en esos tres días tan intensos. Dada mi mala cabeza y mi tendencia a resumirlo todo, es un reto describir tantas cosas, pero aquí voy.
Comenzamos a planear el viaje varios meses antes. Sergio y yo ya habíamos pensado en hacer algún viaje y cuando Miguel y Nani nos propusieron ir los cuatro a Venecia nos gustó la idea. Es una ciudad famosa por su aire de otra época, su belleza, sus canales y... su carnaval. La fecha del viaje estaba prevista justo para los dos últimos días del carnaval de Venecia y yo estaba tan ilusionada que no veía el momento en que llegara el día 7 de Marzo. Esperar tanto de algo suele ser peligroso por la decepción que puedas llevarte, pero este no fue el caso.
El avión salió de Sevilla con destino a Treviso de madrugada, con nosotros 4 a bordo a pesar de los intentos frustrados de una azafata del aeropuerto por dejarme en tierra y al fondo de una cola infinitésima. Del viaje en avión cabe destacar la ilusión de Sergio ante el momento que todos estábamos esperando: los rasca y gana de coches que vendían (Bieeeeen!!!), los bocatas de jamón que nos zampamos y mi cara de terror extremo al aterrizar. Madrugar tanto valió la pena y mucho, puesto que llegamos a una hora estupenda a Treviso, con tiempo para coger el autobús para Venezia, dejar las maletas en el hotel y dar un paseo de toma de contacto con la ciudad, todo antes de la hora de comer. Nani y miguel se disfrazaron de época con bastante éxito y Sergio y yo elegimos dos máscaras de entre todo ese torbellino de colores que eran las decenas de puestecitos de la ciudad, paseamos por la Piazza de San Marcos durante un buen rato viendo los disfraces y el ambiente.
Más tarde, llevados por la masa de turistas y los rugidos de nuestros pobres estómagos, nos vimos sentados en una trattoria preciosa y con pinta de ser bastante cara casi sin darnos cuenta. Con el hambre saciada y los bolsillos mermados nos dispusimos a seguir callejeando por la ciudad. Gracias la cantidad de carteles que te indican en todo momento en qué dirección quedan la plaza de San Marcos y El puente de Rialto, aunque siempre dábamos un par de rodeos, llegábamos a nuestro destino sin mayor problema (vaaaleee, Sergio era el que me llevaba por las caaalles XD habría que haberme visto sola).
Sergio y yo fuimos a visitar el palacio ducal mientras Miguel y Nani se tomaban un helaito.
El palacio era de estilo gótico, construido con mármol y un gran patio en su interior llenito de estatuas en las fachadas. Tenía varias salas dedicadas a dispensar justicia, la residencia del Dogo (título de gobernante de Venecia en la antigüedad), la armería y conectaba con los calabozos mediante el puente de los suspiros.
Las salas dedicadas a la justicia eran imponentes. Lástima que no se pudieran sacar fotos. Todo el techo estaba decorado con pinturas oscuras con escenas que te hacían sentir culpable sólo con mirarlas. Era fácil imaginarse allí a un preso acojonado, fue de lo que más me gustó junto con la armería, que tenía un sinfín de espadas, armaduras y demás que te transportaban en un abrir y cerrar de ojos al Medievo.
El puente de los suspiros me decepcionó un poco, o más bien el ayuntamiento de Venecia me decepcionó al tapar las fachadas de los edificios que conecta con burda propaganda de firmas de ropa. Con algo habría que tapar las reformas pero me pareció exagerado.
Por la tarde por fin pudimos ver la habitación. Preciosa, con las paredes tapizadas, una cama enorme, una ducha que se agradeció mucho y sobre todo un lugar perfecto para dejarse llevar un poco por la ilusión y pasión venecianas y entregarse a las caricias, el amor y reposar un poco nuestros doloridos pies. Por la noche compramos nuestros socorridos pastelitos de chocolate en el economato XD y cenamos una especia de bocatas/pizza muy ricos. Después paseamos en vaporetto por el gran canal y disfrutamos las vistas a pesar del frío.
A la mañana siguiente disfrutamos de un desayunito muy rico y unos cuantos chocolates calientes para ir acumulando calorcito en el cuerpo. Terminamos de aprovechar bien nuestro bono de vaporetto de 48 horas visitando las islas de Murano y Burano, famosas por su cristal y su crochet respectivamente. Pudimos ver cómo fabrican el cristal en un show de uno de los muchos talleres de Murano, disfrutar de un ambiente mucho menos cargado de turistas y ver las preciosas casitas de colores de Burano con sus puertas con vidrieras, cada una de ellas diferente. Comida y vuelta para San Marcos a ver disfraces y por la noche un espectáculo de tango y baile. Cenita y cierre del carnaval con globos blancos soltados por encima del mar y góndolas. De vuelta en el hotel preparación psicológica para abandonar mi pompa particular y volver al mundo real en Málaga.
Conclusiones del viaje: Precioso, volvería sin dudarlo aunque tal vez no en carnavales si no con más tranquilidad. Un destino maravilloso y aún más si es en buena compañía. Te amo Darling.
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